
¿Os imagináis que, los domingos por la mañana, la gente corriera hacia las iglesias para celebrar la eucaristía? Que, a quienes se cruzaran con ellos, les invitaran a acompañarlos. Y que, estos, se lo tomaran en serio por ser una propuesta atractiva. Más aún: ¿os imagináis que la gente fuera a los templos a compartir, no sólo el vino y el pan, sino las penas y alegrías, los proyectos, las ilusiones…?
Eso, amigos míos, es ciencia ficción.
Y hago esta afirmación porque no hay nada más alejado de la alegría que una celebración católica. Nada menos espontáneo que una celebración. Nada tan triste como dar la paz a un desconocido al que trataremos como un sospechoso más que como un hermano.
Y me diréis que es una exageración. Que hay celebraciones superchulas y muy animadas: con guitarras eléctricas y baterías que alaban a Dios de una forma espectacular. Pero, es curioso: Ni el primer paisaje ni el espectacular segundo tienen mucho que ver con la vida real.
Porque no hay nada mejor para robar el alma que alejarla del cuerpo encarnado de cada hijo de Dios.
Como ya he afirmado en más de dos ocasiones, si quieres vaciar de contenido una buena idea, si quieres desactivarla hasta reducirla a un esperpento, domestícala: haz que todo quede reducido a un conjunto de deberes de los que nadie comprende por qué ni su origen. Impón el silencio como una buena manera de expresar el respeto, siendo que es cerrar la boca… Asume hábitos pretéritos, obsoletos; impón hábitos que nada tiene que ver con ser monje: exporta a las calles representaciones que son estéticamente deslumbrantes, pero sin trascendencia en la vida cotidiana.
Repite hasta la angustia que son reflejo de una tradición. Pero no hables del origen de tales tradiciones, adaptadas a los tiempos en que nacieron.
Es momento de recomenzar. Tomemos ejemplo de las madres, de las mujeres, omnipresentes en todas las parroquias e ignoradas, pues son sólo mano de obra barata. Mujeres que sacan de sus costillas el tiempo para limpiar los templos, llevar las casas adelante. A quien debería ser madre acogedora y no lo es más que por poderes, le invito a vestir de sayal y ceniza: a reconocer que el presente que vivimos no mejorará haciendo lo mismo que nos ha traído hasta este hoy. Si la gente vive alejada del Evangelio es porque, laicos, sacerdotes y demás consagrados, no hemos sido sal: no hemos sido luz.