Me busco cualquier excusa para seguir haciendo lo que sé positivamente que me hace daño. En un acto de libertad individual, me comparo con otros para validar mis acciones a sabiendas de que es una triquiñuela para seguir llevándome el gato al agua. (el que huye del agua fría).

Imbécil de cojones. Creo que es lo más suave que se me ocurre para definir la citada actitud. No puedo huir de mí. No puedo escapar de mi piel; mi corazón no puede librarse de las cadenas que suponen las arterias y venas a las que alimenta, de las costillas que lo protegen…

Es incomprensible. Pero, que la actitud autodestructiva sea la seña de identidad que elijo por considerarla original, es propia de acefálicos: seres incapaces de razonar, asesinos del instinto de supervivencia…

¡Me resulta imposible moverme con este traje de hormigón! Pero mucho peor es la angustia que siento cuando soy consciente de él y, cuando quiero quitármelo, se me tatúa por dentro de mi piel, en la cara que da a los músculos. Y me asfixio.

Pero sueño. Sueño colores y sueños de niño en triciclo, pedaleando; haciendo el ruido de una moto con los labios, volando a 1 Km/h, que soy feliz, que llego a la alegría.