“Conduzca todo recto y, en la siguiente intersección, gire a la derecha, colóquese en el carril izquierdo y permanezca en él durante ochocientos metros. Su destino quedará a su izquierda”.

Me fascinan los GPS. Artilugios demoníacos que saben donde están aún cuando no han estado en la vida. Su androginia, misteriosa; pueden ser una señorita o un caballero de Olmedo, según ajustes…

Creo que son una metáfora de la comunicación actual. Y eso que son más extensos que los tuíts, los esmés y todas esas cosillas que usamos a diario para enviar mensajes…

Y yo me pregunto, en esta cibernética realidad comunicante, para qué sirve la poesía. Estrambótica manera de perder el tiempo usando palabros desfasados, iluminando angustias con excelsos adjetivos que, a modo de bola de discoteca, modifican nuestra percepción. Caleidoscópicos nombres, adjetivos… Acaso psicodélicos, a veces; ¿para qué evocar cuando podemos, simplemente, decir?

Y es claro: A veces, hay que trochar por el monte para llegar a los caminos; dar varias vueltas para que el viaje sea más recto: Callar para que las palabras resuenen con más fuerza.

Para poder decir, sin aspavientos, que eres importante: No con una pancarta, sino con un susurro; hacerte sabedor de mis angustias, no sangrando, sino describiendo la negra sombra que, siento, se cierne sobre mi ánimo: Crepúsculo que no termina, amanecer que nunca llega…

Para cantar la eterna canción de amor que fue, es y será viva en toda persona que caiga bajo su hechizo.

Y, sobre todo, para intentar dibujar la indescriptible profundidad de la respiración de la tierra, enjugar las lágrimas de un recién nacido y cantar, sin partitura, la novedosa antigüedad de una mirada.