Hoy aparece en las noticias, calculadamente, la libertad de expresión como máxima expresión del albedrío, bandera discutida, amparo de artistas… Según lo que defienden, es el derecho por el cual puedo insultar, ser descortés con todo lo que me salga de la cresta ilíaca, pero sin ninguna responsabilidad penal. Que todo quede en un “ay, estos chicos…” Y a insultar, que son dos días.

Reconozco que me gusta reírme de todo. Y que me encanta hacer leña del árbol caído. Es tan gratificante ser el maltratador y que la mayoría te ignore o te jalee, según toque…

Pues, después de lo anteriormente expuesto, me parece infantil regular para que se pueda ser maleducado sin consecuencias. Así, en nombre de la libertad, podré mentar a la madre de quien me dé la gana, insultar a las instituciones que me permiten este nivel de grosería, justificar la violencia y el terrorismo como legítimas formas de defender la libertad… y todo ello en un ambiente de simpática y cordial camaradería coreada por una turba de complacientes compañeros.

¡Qué bonito! Esta comunidad de librepensantes adscritos a subvenciones de quienes aprovechan el ruido para denostar la inteligencia son, creo yo, profetas sistemáticos, mamporreros del poder en ciernes, pero de buen rollito.

Y, culmino mi alegato, la educación no es negociable. Si quieres ganar notoriedad siendo desconsiderado e incivil, eres muy antiguo. Si te eriges como bastión de la modernidad derribando los límites de la decencia, vas regular…

Cuando llegáis a los juzgados para dar cuenta de vuestros actos, se muestra lo fina que tenéis la piel, lo cobardes que sois a la hora de defender lo indefensible, las lágrimas de cocodrilo implorando protección a vuestros mentores. 

Incumplir las leyes para denunciar su incumplimiento, ¿es mejor?