La muerte de otros es una prueba para los vivos. Estos últimos se quedan rumiando su infierno particular pues ya no pueden intervenir en la vida del finado. Lo hicieron en el pasado, fiados en la ventaja de la vida. Pero ya no hay: Se acabó. Finito.

Los muertos no lamentan. Sólo mueren. Dejan todo atrás. Nada tiene importancia porque lo que les hacía receptores de dolores y afectos, ha desaparecido.

No así con los vivos.

Así que: ¿Qué harás? Plañirás de por vida hasta que tu muerte decida que ya está o reflexionarás sobre lo que te atormenta de los muertos presentes.  ¿No será esta, quizá, una magnifica oportunidad de hacer fértil una pérdida?

Fija un objetivo. Mejor: Fija un subjetivo, un sujeto; hazle víctima de tu amor incontenible, tus besos a fondo perdido, tus abrazos sin comisiones de apertura ni cancelación. Agota las reservas de amor, que no haya prisioneros de la tristeza: Arriésgate a ser rechazado por el exceso de ganas de no perder ni un solo instante.

Todo lo demás, será lamento. Inútil llanto, tan previsible, tan educado, tan estéril.