Hoy ha muerto una niña de 3º de ESO. Hace una semana, murió la hija de una conocida con 20 años. Y, a día de hoy, mueren más de 150 personas al día por Coronavirus.

Cuando mueren estos últimos, como son números, nos duelen menos, nos parecen lejanos. Es como cuando hablas de efectos colaterales, como cuando te tomas una granizada y te duele la cabeza por lo fría que está: Consecuencia, sin más trascendencia…

Pero, cuando hablamos de niños, de jóvenes, la cosa cambia. Sobre todo, cuando sabes de ellos, o son conocidos por gente cercana. Entonces, tienen nombre; su rostro pasa del desenfoque primario a la contextualización: Fotos, canciones, mensajes y memes…

Y, como EPI, método de protección, intentamos buscar una causa a una muerte tan prematura: No. No hablo de la causa del deceso: Es el anhelo fútil de buscar una razón por la que, si encontramos la buena, pudiéramos revertir la pérdida, amortiguar la sangría de nuestra incompetencia, los torrentes en los que se convierten nuestros ojos; la perplejidad.

No. No hay trascendencia en la muerte de nadie. El muerto no nos ha enseñado, con su punto y final, algo para nuestras vidas. Nosotros hemos compartido con él, si tuvimos esa oportunidad, su camino: Ese es el aprendizaje. Los muertos descansan. Los vivos podríamos hacerlo si no tuviéramos el egoísta impulso de justificar nuestra negligente existencia.

¿Vale la pena tu vida? Esa es la pregunta que hace la lápida de nuestros muertos: El escupitajo en la cara, hastiado de asco, que con sardónica sonrisa nos espeta la tierra, madre antes y después de la vida…

Si tu vida tiene valor, sigue viviéndola a pulmón. No importa mañana. Si no, ya sabes: La vida es tan injusta…