En el hospital. Solos. Muchos inconscientes; otros, dándose cuenta; el rumor del silencio que se avecina, los pasos sin huella de la infinita inquietud, tatúan la mirada de quien espera.

A la inexorable. A quien ha de cerrar los ojos, aquietar la angustia, pacificar la duda, silenciar la voz… La muerte, como el hambre, es lo más real.

Y pienso. Porque soy libre para poder pensar e intentar comprender, aprehender, lo que está más allá de la jurisdicción de la lógica. Y me quiero convencer…

de que los ojos se cierran para siempre porque no necesitan volver a mirar, a ver, pues están llenos de luz, contemplando los paisajes de toda una vida en un instante. Que no vuelve a sonar la voz porque todas las palabras, todas las canciones habitan el corazón de quienes escucharon su primer llanto, cantaron y gritaron los himnos que animaron los días grises y las noches de fiesta; las conversaciones a la luz de la luna y los silencios acompañados…

Todos los abrazos han cicatrizado y, agradecidos, siguen dando calor en la distancia.

No escuchamos ni vemos; no sentimos ni abrazamos, porque todo está dentro: Incontenible, como torrente en nuestras arterias, la vida de quienes nos dejan se siembra en nuestra nostalgia, para dar fruto, cada instante, en nuestra mente y corazón.