
Los diseñadores de moda, para colocar sus bodrios, se basan en los estudios de mercado y en qué posición se haya el ciclo. Este último es aquel que decide si tocan lunares, cuadros, estampados, blancos, rayas (horizontales o verticales), asimétricos… En fin. La cosa es que se convenza al consumidor que la novedad es importante. No tiene relevancia que nos estén colando un gol por el recto, no: nos empalan con una verdad que se certifica con las ventas. Dicho lo cual, el éxito es la moneda con la que se paga.
Y todo este proemio para cuestionar a algunas novedades que se presentan en nuestra amada iglesia, fruto todas ellas, de un espíritu. Hago hincapié en esta última afirmación pues me parece harto peligrosa. Aquella oferta que convoque a más gente, afines ideológica o sociológicamente hablando, que resuene en los medios y que sugiera que hay algo nuevo, se dará por válida. Curiosamente, estas novedades, las de las tiendas de ropa se publicitaban así, adoptan a la mayor brevedad posible, estructuras que no son nada nuevas: la naftalina fluye por sus poros y apestan a conocido.
Generalizar siempre es un error. Pero no poner en evidencia que todo lo que se sustenta en el plano sintiente y, tras arrobamiento espiritual, decide donar su vida al prójimo a través de una fundación maravillosamente piramidal, suena a sirena odiseica.
Y os estaréis preguntando porqué el título. El tocón de Israel, el gusanito de Jacob, el resto no sabe de mayorías. Es fermento. Es grito en el desierto. Es esperanza insoportable, luz cegadora. Las luces que se ven a lo lejos, son de baja intensidad y más bajo consumo. Y, a quienes queremos dar la vida, se nos exige ser fuego en la tierra.
100.000.000.000 de moscas no se pueden equivocar.