La división, durante toda la historia, ha sido el arma más mortífera e incruenta de todas. Todos vivimos bajo las estrellas, en la noche, y bajo el sol durante el día. Somos todos lo mismo bajo el celestial tejado que nos cubre. Y, sin embargo, tejiendo fronteras invisibles, levantando muros falaces, la división va emponzoñando el corazón de los hermanos hasta hacerlos enemigos.

Si hay algo que no se olvida es la muerte, muchas veces innecesaria, de alguien amado, carne de tu carne, la misma sangre. Y, en las guerras fratricidas que vivimos hoy en día, las madres de los hijos muertos en guerras ficticias, para mayor gloria de la industria armamentística y de los líderes faltos de entrañas, no son capaces de cerrar la herida, el silencio, el vacío que dejó quien fue reclutado para defender la patria tierra. Así, la división y el odio, la infinita impotencia de no poder llorar más lágrimas, gritar hasta perder la voz, garantiza el odio hacia el hermano que mató al hijo que hollaba la misma tierra que él: por generaciones. Es semilla de muerte.

Mientras, paréceme a mí, nos dedicamos a crear espacios en los que todos cabemos según nuestra edad, nuestra capacidad económica, nivel cultural… Lugares donde podemos creer en el Dios que más se adapte a nuestras necesidades: aquel que mantiene nuestra conciencia sedada y nuestro cumplimiento asegurado. Los hay para todas las necesidades pues el espíritu es pluriforme y prolífico. Bajo esa premisa, todo vale.

Y yo me pregunto si tan magnífica diversidad tiene los frutos de quien decimos que es el promotor. Si no hay frutos del Espíritu o si ni siquiera dan frutos, no son lo que dicen ser.

Un Dios para cada uno: para cada temporada, cada tiempo litúrgico, cada romería, cada cofradía, cada momento vital: como si fuera el eterno scroll de las redes sociales. Ausentes preparando la siguiente fiesta, el próximo evento: plenamente justificados. Perfectamente divididos.