
¡Lo que duele cuando te caes de la bicicleta! No sólo es tu orgullo, que ya es… Es el majazo que te pegas y, cuando te levantas, empiezas a identificar dónde y con qué intensidad duele. He de decir, por experiencia, que caerse de una moto duele un poco más. Sobre todo porque te quemas la piel por abrasión contra el asfalto que, por supuesto, está supercalentito. Pero no queda ahí la cosa: cuando llegas a urgencias para curar las heridas, te limpian las heridas con un estropajo. Llega un momento en que, por favor, imploras clemencia y ruegas que no sigan curándome…
¿A santo de qué esta maravillosa descripción del dolor infligido? Pues tiene que ver con un detalle que no he mencionado. Cuando algo te duele tanto, hay un ficticio bálsamo que te ayuda pírricamente a sobrellevar tan maravillosa experiencia: Gritar. Gritar hasta que se te rompa la garganta. Y no es sólo la expresión cuantitativa de lo que duele: son todos los sentimientos que se te acumulan y no sabes cómo canalizar.
Para ir terminando, saco a colación todas estas experiencias para hacernos conscientes de que el grito, cuanto más grande y desgarrador, es proporcional a la herida. Y, hace tiempo que no escucho el grito de los palestinos: se les niega el grito que comunica su infinito dolor, con lo que este campea con toda su potencia. El dolor de la pérdida de la tierra, del futuro, de los hijos, de la esperanza. Y se pudren los gritos en sus entrañas.
Nos gritan sus huesos a nuestra indiferencia, sus ojos a nuestra suficiencia, su corazón al nuestro, que dejó de ser de carne, para tornarse piedra.