
Tradición. RAE. “En varias religiones, cada una de las enseñanzas o doctrinas transmitidas oralmente o por escrito desde los tiempos antiguos, o el conjunto de ellas. Doctrina, costumbre, etc., conservada en un pueblo por transmisión de padres a hijos.”
Tener tradiciones, compartir costumbres que nos unen… Hacen pueblo.
Llevo tiempo viviendo una situación en la que la tradición impone su estética, su dinámica… Y, cuanto más lo vivo, menos me convence que sirva para lo que dice.
Me explico. En el medio en el que me suelo mover, las familias tienen sus casas, domus para los que saben latín; por lo tanto, todo lo que se vive es doméstico, es de un modo comprensible para los que la habitan. Las cosas se normalizan, las normas se aceptan o se cuestionan según la situación… En fin: todo esto me hace pensar que hacer domésticas las cosas hacen que sean más fácilmente manejables. Por eso, todo aquello que se domestica, pierde su razón de ser para transformarse en otra cosa: es lo mismo, pero no es igual.
Si portas una vela, o cuatro; si das vueltas a una ermita de rodillas para conseguir alguna prebenda de la titular, si caminas cuarenta kilómetros para cumplir una promesa… Transacciones. Tú me das porque yo te doy.
Si hay algo que distingue perfectamente lo genuino de las versiones 2.0 es el amor. El amor no se compra. Y, si es así, tiene nombre.
No hay maternidad que mercantilice el amor. No hay paz que se compre: no hay padre que exija sacrificios a sus hijos para comprobar que es amado y respetado.
Vivir duele. La vida mata. No hay secretos. Si algo puedo pedir es vivir con dignidad. No puedo cambiar lo inevitable: pero puedo vivir desde la esperanza, la que nadie ni nada me puede robar. Y, si me faltan las fuerzas, Dios, a través de mis hermanos, ojalá, me levantará del suelo. Setenta veces que caiga, setenta veces que tomará mi mano.