Los juegos que se publicitan online son superatractivos. También superadictivos… centrémonos en lo atractivo del asunto. Dependiendo de lo que el algoritmo intuye sobre el potencial consumidor, se ofrecen juegos que sugieren diversión y desafío; cuando son las versiones free, aparecen multitud de anuncios emergentes que, lo mismo que te ofrecen un crucero por el triángulo de las Bermudas, te brindan una oferta de dos almohadas cervicales con un descuento del 80%. Cuando estás más enchufado al asunto, te aparece un anuncio de un champú anticaída, Sansón de L’Orbital para ellos, y otro con 19 frutas (una macedonia) para nutrir el cabello de ellas. (siempre me he preguntado qué atractivo tiene el cabello).

Y, con tanto anuncio y con las prebendas ganadas en el juego gratuito, llegas a la conclusión de que, comprar la versión premium, vale la pena. En esta versión Golden, podremos llegar a cotas inimaginables en la versión gratuita.

Hay muy pocas diferencias entre el merchandaisin en Internet y lo que la iglesia ofrece. Los juegos no aportan nada interesante a nuestro yo profundo, ese que nos define; y te quitan pasta: eso es cierto. En la versión gratuita de la iglesia, puedes participar de liturgias más o menos comprensibles: incluso puedes probar ancestrales celebraciones, pero sólo durante algún tiempo de prueba. Después, si quieres más y pasar al selecto grupo de personas que lo practican con la debida devoción, tienes que comprar la equipación que exige cada situación.

Vidas premium, consagraciones premium, santos premium.

Fronteras que no tienen nada que ver con el “Ven y verás” que pronunció Jesús. Que no se asoman al “Las zorras tienen madriguera, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

Si todos los hijos de mujer del planeta no tienen la misma dignidad, digo yo, es posible que sea porque quienes tenemos que vivir como sal y luz del mundo, no hemos comprendido exactamente qué supuso que un dios omnipotente se hiciera niño.