
En la eucaristía de hoy, la buena, la de las 12:00, caía en la cuenta de que hay cosas que, si prescindes de ella, no hay una revolución ni nada parecido.
Mirando el retablo del altar mayor pensaba que, si lo sustituyéramos por una magnífica pantalla 8k, hasta ganaría… En ella podríamos leer las oraciones, las letras de las canciones…
También pensaba que los templos están sobrevalorados. Mira tú que hay una lectura en la que dice “Los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies, Pues ¿qué casa vais a edificarme, o qué lugar para mi reposo, si todo lo hizo mi mano, y es mío todo ello? Y luego dice “¿En quién voy a fijarme? En el humilde y contrito que se emociona ante mi Palabra.”
Con lo que la cosa se va simplificando.
Y voy sintiendo que hay mucha broza en esto de la liturgia. Se le da una pátina cada vez más gruesa de solemnidad al asunto para que sea más sagrado. Pero ¿qué hay más sagrado que estar junto al celebrante mientras Dios se hace pan y vino? Todo lo demás, es superfluo.
Se articulan los tiempos litúrgicos como si de estaciones se trataran: como si se leyera toda la Biblia cuando lo que se lee es sólo una parte: nunca leemos toda la Palabra.
Y me podéis llamar lo que queráis. Pero ¿no os parece que la herramienta, en vez de acercar, aleja más a quienes ha de pastorear? El papel del vulgo se ciñe estrictamente a mirar lo que hace el sacerdote en el altar.
Y se me venía a la cabeza aquello de “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. Se celebran los actos para que seamos pasivos. Es por ello que conviene recordar que esta política, la del Despotismo Ilustrado, fue maquillaje para el antiguo régimen, la de las monarquías absolutas. Fue, y lo refiero con frecuencia, lo que dice Miguel Bosé: “Somos los mismos envueltos en novedad”.
Se podría, sin temor alguno, decir que se ejerce aquello de “todo para Dios, pero sin Dios”, pues los frutos obtenidos por la semilla de la parábola del sembrador del Evangelio de hoy, no se corresponden con el deseado: se parecen más a servidumbres que nada tienen que ver con la alegría del Evangelio.
Lo que no da fruto de Dios, no es de Dios.