Es la costumbre, tú sabes; a base de pasar un día tras otro, crees que hay cosas que no cambian, que están ahí: Inmutables.
Y digo cosas como digo Dios. Domingo tras domingo, el sacramento de nuestra fe se regala una y otra vez; y otra vez, otra vez…
Ayer me di cuenta de que la Eucaristía es una celebración de acción de gracias donde acudo con mis hermanos, los que conozco y los que no, a compartir su cuerpo y su sangre.
Nada fuera de la costumbre. Te sientas y te levantas en una coreografía previsible y metódica que busca evidenciar la importancia del hecho que aconteció, acontece y acontecerá hasta que el sol se apague: Que todo un Dios se hace pan y vino para quitar la sed, el hambre de sus hijos: En el momento exacto en el que estamos allí para dar gracias por ello.
La causa que a la comunidad reúne, el alimento del que se nutre los que allí se congregan: Dios monopoliza el momento para sumergirnos en él.
Yo creo que se dijo: “Esta la pago yo”. Y así lleva desde la institución de la Eucaristía.
Y, como empecé, vuelvo a decir que la costumbre nos hace desdibujar el sentido de las cosas: Ocurre como en la canción de “la más grande” (Se nos rompió el amor de tanto usarlo), perdemos la sensibilidad, la sal deja de tener sabor; hacemos objeto de consumo lo inabarcable.
Pero, una palabra tuya, bastará para sanarme.