Había tensión en el aire. Una pesadez hosca, una humedad adhesiva, un silencio abrumador. Los minutos parecían horas. Tras la espera desesperante, un esperanzado cirujano salió y, con ceremoniosa pausa, llamó nuestra atención: “Todo ha ido muy bien”. Pasará algunas horas en recuperación y, sin duda alguna, hoy lo podrán ver. Sam, nuestro Samoyedo (sic), había superado una encefalitis agravada por una malformación cerebrovascular que lo había puesto al borde de la muerte. Llegamos a tiempo.

Durante la espera, había otros familiares de perros; una de ellos, nos comentaba que tenía pensado mandar a sus cachorros de Pomeranio a Londres a que aprendieran a ladrar en Inglés, que es un idioma con mucho futuro: No querían que perdieran ninguna oportunidad de aprendizaje. Los dueños de un gato siamés comentaron el éxito de mandar a Zurich al susodicho para maullar en alemán. Eso imprimía carácter y territorialidad.

Algunos se quejaban de que querían salir demasiado, que era muy pesado estar en la calle pendientes de ellos: Esa necesidad de correr y acercarse a otros perros. No todos son iguales y no me atrevo a que vaya con cualquiera, decía la madre de un Chiuaua que se lamía sus cositas con alegría. Tras limpiarlas, lamió, para regocijo de la anteriormente citada, sus mejillas. Enternecedor…

Y así andamos: Loros que dicen hola en varios idiomas, Agapornis que necesitan salir de la jaula, pues tienen episodios de ansiedad, siquiatras para perros y terapeutas para los problemas de displasia en grandes canes. El mundo al revés.