
Un puñado de caramelos. Si das un puñado de caramelos a un niño, lo que hace es meterlo en el bolsillo. Se los va comiendo y, cuando se queda sin ellos, quiere más. Pero, cuando el chaval aprende las nociones básicas de matemáticas, la cosa varía. Tenía cero caramelos. Si le dan un puñado de caramelos, diecinueve concretamente, se los puede comer a puñados, de cinco en cinco, o de uno en uno; el conocimiento es poder. Así va restando, porque ya sabe, elementos al conjunto cerrado que supone su bolsillo a los caramelos. Euler Venn, la teoría de conjuntos, estaría orgullosa. Pasa de la euforia del máximo número de caramelos a la angustia del estómago lleno de caramelos y el conjunto vacío del bolsillo…
Sumar, restar… De niño sólo quería jugar. Pero me enseñaron que las oraciones pueden ser afirmativas, negativas, exhortativas y todas las -ivas que quieras. Que hay canciones que son poemas; que poema se dice Carmen, -inis en Latín, que es el origen de las lenguas romances; que no el conjunto de romances del romancero gitano… Qué follón.
Y, cuando te vas haciendo mayor, ves que las acciones tienen consecuencias. Que ya no puedes ir a tontos y a locos. (lo pongo en masculino por aquello del género, para no ofender) Que cada acción tiene su reacción. Que eres adulto, tienes que ser responsable, que la solidaridad es para con otros y si es sólo para ti, es egoísmo;
Y añoras la irresponsabilidad propia de la infancia: Pelar Higochumbos sin guantes, llevar la bici sin frenos, desconocer la historia de gente de tu alrededor, sus sombras, sus fallos… Desear volver a ver con ojos de niño a todo el mundo: Al pederasta que te regalaba un puñado de caramelos y no ocurrió nada no sé porqué. A quien era “En la calle dama y puta en la cama”; a los maltratadores que olían a perfume cani. La maravillosa inocencia al rezar cuando se iba la primera cadena a mitad del capítulo de Heidi…
La ignorancia es una bendición.