
Es una cosa superguay. Yo diría incluso que es chuli. Hacer, grabar un Cover, canción de un autor o intérprete que es versionada por otro músico, está muy bien. Eliges una canción que te gusta mucho y la cantas: A tu estilo o imitando a la perfección el original.
Cuando se hace una imitación perfecta, se llama copia. Y, cuando le das tu impronta, no es la misma canción: Es una versión.
He recibido muchos covers de gente cercana y lejana. A las que quiero, las he disfrutado porque he percibido lo que me querían decir: Su centro me centraba cuando escuchaba su voz. También he recibido otros que ni frío ni calor. Son sólo interpretaciones calcadas del original. No hay nada. No aportan.
Y se me viene a la mente la gente que trepa la pared de un Rockódromo atados con arneses; los que se bañan entre tiburones dentro de una jaula, juegan solos al tres en raya: Siempre ganan.
Hacer covers es agua tibia, mediocridad a voces; un quiero y no puedo…
A lo que voy: Hacer versiones del Evangelio no deja de ser una suerte de cover. Es una interpretación aproximada de una inabarcable verdad; un intento de contener una supernova en un cucurucho de churros.
Yo creo que, lo interesante del Evangelio es acercarte. Cuanto más te acercas, más te quemas: Y, cuando te alejas, eres incendio allá donde vayas. La vela encendida en una hoguera es la misma aunque se aleje: Si no se vuelve a acercar al fuego primigenio, será sólo una vela apagada, testigo frío de un calor abrasador, una esperanza infinita asfixiada por mi percepción: Mi versión, mi cover.