Tras el periodo de gracia que hemos vivido, tan recluidos, ya teníamos ganas de vernos. Los anunciantes, ya sean seguros de decesos o vendedores de lavadoras, bancos o telefonía móvil, se han devanado los sesos para recordarnos todas las cosas que hemos dejado de hacer por esta peste que nos asoló y nos asola.

Todos recordando lo maravilloso que será volver a juntarnos. Pero no será para dialogar, para echar una siesta o jugar un partidito, no… Será para beber y comer.

Porque, ¿os imagináis que quedáramos para charlar y no hubiera algo que picar, que beber, que beber?

Todo esto sale al encuentro de las declaraciones de quienes mueren por ir a una terraza y esperar a que cambie el ciclo geológico porque tienen que beber el pasado y el presente.

Por ello, me parece que no echo de menos a la gente: Echo de menos tener la excusa de la gente para cegarme en dionisíaca fiesta, bacanal celebración: To pal estómago.

Pero todo muy social oye. Vestido de ojos empañados en la lógica emoción de escuchar un grifo de cerveza, haremos compañeros de camino de cualquier gañán de barra, con sus singulares certezas, tan parecidas a tantos; sus sinceras declaraciones, apenas comprensibles dado el nivel de ingesta del mesopotámico elixir, bebida vikinga…

Ni para comer ni para beber necesitamos a nadie: Sólo hace falta algo que echarse a la boca, pues sólo tú te enfrentas al dilema: ¿Bebo mientras como o libo mientras ingiero?

Una excusa tan antigua como el tiempo: Beber no es necesario. Pero nos aplastan con la increíble experiencia que supone engullir enormes cantidades de alcohol. Todo mentira. No eres más feliz cuando bebes con los amigos. Ves y hablas con mayor dificultad.