Todos los sentidos son increíbles. Todos. En su plenitud te dan la perspectiva total de la magnificencia de la vida. Oído, tacto, sabor, olor… Todas al máximo te dan idea de la belleza que palpita en la creación.

Yo me quedo hoy con la vista. Los ojos son los primeros que te hacen percibir a distancia; y, cuanto más cerca, más matices, mayor detalle. De la oscuridad de los ojos cerrados, del desconcierto, a la luz que da volumen a todo lo que me rodea, colores a toda la creación, sombras que bailan a los pies de cada objeto, cada ser…

Nací con los ojos defectuosos: Defectuojos diría yo; ¡qué chiste más malo! Desde muy pequeño usé esos artefactos tan frágiles; los rompía casi sin moverme para tristeza mía y cabreo de los progenitores. Y bizco, como el bizco Pardal, para rematar la faena. Sin mis ojos de pasta, de metal, de ambos, no podía leer ni ver la tele, ni nada; cuando limpiaba los vidrios, era como un amanecer: se veía mucho mejor.

Y, como metáfora, me parece fascinante. Hay gente que no puede ver y que necesita hardware adicional para poder ejercer la vista en todo su esplendor. En el caso de que, quienes explican la realidad, formulan lo evidente, guían a los extraviados, fueran gafas, sería un buen momento para limpiarse.

Si están sucias, tu percepción es imperfecta; si oscuras, los matices se pierden; si mal graduadas, dan dolor de cabeza y fuerzas los ojos más allá de lo imaginable.

Por eso, en el caso de que fuéramos nosotros quienes cual gafas, ayudáramos a nuestras familias, comunidades, hermanos a percibir mejor, la conclusión es sencilla: quien no está limpio para otear, graduado para afinar o te falta una patilla, con lo molesto que es eso, no sirve a su fin. No sé a qué sirve, pero no cumple con su cometido.

Cuando veo mis gafas, con dificultad cuando me las quito o en un espejo, doy gracias por su sencillez, por la óptica y sus milagros y por hacer posible ver, mirar, observar, divisar, contemplar, ojear, distinguir…