No deja de ser curioso cómo las trampas se nos cuelan como la humedad por las paredes. Un buen padre, un buen hijo, un comportamiento ejemplar, un acto heroico: todo dentro de unos parámetros de lo mejor y lo peor.

Hemos provisto de todo lo provisionable a nuestros hijos y, sin embargo, constatamos que la infantilidad es una característica común en el rango de edad de la adolescencia y la juventud. ¿No deberían ser más sensibles, solidarios, trascendentes? Pues no: tenemos una juventud que tiene grandes valores, pero que están desconectados de la tierra. Y no hablo del planeta: hablo de la toma de tierra que tiene toda instalación eléctrica que impide la sobrecarga, protege el sistema.

Los supuestos adultos nos movemos en función de lo que nos comunican como correcto. Y, sin embargo, no sentimos que nuestra vida sea plena. Siempre se depende de una circunstancia que nos promete la estabilidad, la paz que ansiamos: pero es tan cara, tiene tantos plazos, acumula tantos intereses que, sospecho, es una trampa.

Con el Evangelio pasa lo mismo.

La trampa es la búsqueda de la situación perfecta, que es reconocible en comunidad, por muchos, en la que todos somos felices. Una hipoteca vestida de buena nueva.

En mi torpeza, cada vez más, creo que no se trata de que haya un grupo con un solo corazón, una sola fe: un solo bautismo. Creo que es una búsqueda verdadera, individual que me lleva a ser semilla para otros, fruto para mí, alegría en el corazón.

En tanto en cuanto el Evangelio es verdad en mi vida, soy causa de esperanza. Sin trampa ni cartón.

Todo lo demás es añadidura.