Tengo una carpeta en el ordenador que tiene muchas canciones que me gustan. Hay veces que las escucho enteras y otras que, como tengo ganas de escucharlas todas, las voy pasando tras escuchar un fragmento. Y son delicias, auténticas delicias, pues cada una de ellas me lleva a un lugar, un tiempo, una meteorología incluso… Son palabras sonoras, en su conjunto; y digo su conjunto porque no son en inglés o español: son unidades indivisibles que entran en mis entrañas cambiándome por dentro.

Unas me llevan a jugar los viernes antes de cenar con mis hijos; otras son viajes interminables cantándolas, haciendo segundas voces por arriba o por abajo, dependiendo del tono. Son mañanas ordenando la casa o la música que acompaña a la aspiradora cuando limpio el coche… Todas me gustan. Dependiendo del momento, me gustan más que otras veces. Es un poco raro.

Y convengo conmigo que las canciones están vivas, muy por encima de que sean o no rítmicas: más allá del tema, la música, el conjunto, es un ser vivo que permanece inerte. Cuando lo reproduzco, resucita en cuerpo glorioso para sorpresa de mis oídos y alegría de mi corazón.

Los ritmos se quieren acompasar sistólicos y diastólicos a mi cardíaco mecanismo. Y ambos ritmos se funden en el estómago haciendo de la percusión un martilleo constructivo de emociones.

Hay veces que me gustaría escucharlas todas de golpe. Que todas las melodías, armonías y voces se pudieran escuchar a la vez y tuviera coherencia: para sentir un paroxismo maravilloso, un telúrico placer. Y sé que no podría, porque sería ininteligible: todas las bellezas ocupando un solo espacio…

Y, es curioso, recuerdo las palabras que relatan que no se puede escuchar a Dios directamente porque es insoportable. Y, en mi ingenuidad, me reafirmo en la certeza de que la boca de Dios habla música: Toda la infinita belleza de la música. Aquella que comprime mi corazón deteniéndolo y desfibrilándolo cuando la escucha.