Si. Tenéis razón. Estoy muy pesado con el temita de las narices pero, ¿qué puedo decir? Cuantas más vueltas le doy, más interesante me parece sacarle punta.

¿Os imagináis que quedaran los amigos para otra cosa que no fuera comer hasta reventar? ¿Os cabe en la cabeza la posibilidad de que los jóvenes queden para otra actividad que estresar a sus hígados hasta la angustia bebiendo ron de garrafón? (cacofónico, ¿eh?)

Más aún: ¿Qué se podría hacer con el tiempo que invertimos en prepararnos para el partido, sufrir durante el partido y reírnos del contrario o llorar como si hubiéramos perdido a la madre tras el pitido final? ¿Comeríamos y beberíamos como en los casos anteriormente citados? ¿Qué haría la élite futbolera si no hubiera liga, si no fuera una justa semanal entre caballeros que, lo único que hacen, es dar patadas y enriquecer a sus presidentes (y llenar sus bolsillos, que no son gratuitos) ¿Qué sería de la hostelería si no hubiera liga de fútbol ni de baloncesto? ¿Qué valor tienen los records olímpicos o mundiales de cualquier deportiva disciplina? Los dioses del tenis, los dioses del tenis… ¿Quién se acuerda de los números uno de hace treinta años?

Y pienso en todos los sueños de aquellos que se preparan para ser tertulianos, pues ya no podrían aventar sus vergüenzas, decirse y desdecirse para crear exclusivas sobre los litros de bótox que llevan en esa innombrable parte o en la cara, airear sus asuntos de cama o fingir una furibunda rivalidad con quien toma copitas al terminar el pograma.

Tantas actividades que nos mantienen entretenidos, dando por supuesto que es la mejor opción. Si la estimación que se hizo en 2018 es correcta, pasamos cuatro horas viendo la tele al día. Se considera televidente a las personas humanas con cuatro o más años. Si hacemos la cuenta y una vida media es de ochenta años, pasamos viendo la tele doce años y medio.

¿Le damos una vuelta al asuntillo? ¿Algo mejor?