Hoy, 31 de octubre, asistimos a la habitual tormenta de merchandaisin de Halloween. Un montón de niños con los poros de la cara cubiertos de blanco y negro para asemejarse a aparecidos. Deberían, por aparecidos digo, disfrazarse de ERTE y sus prometidas ayudas: Eso son apariciones y no los zombis.

Y, como siempre, surgen los que, inflamados de amor patrio, invocan las costumbres nuestras, tan arraigadas en otras, otras, otras generaciones: esas que aparecen con Paco Martínez Soria en la puerta de Alcalá. Esas costumbres que, como bien indica su nombre, son sólo eso: costumbres. Como costumbre es tomar el café y la tostá de manteca colorá, o mollete con aceite y tomate y una loncha de jamón como tapa, tú sabes…

Sigo, que me pierdo; enfadados estacionales, mandan mensajes de guasap con flores decorando las tumbas donde reposan los huesos de antiguos creyentes que tenían por costumbre llevar flores a las tumbas de sus finados. Vociferan en mayúscula por mensajería instantánea que todo es un montaje, un negocio… ¿Un montaqué, un negocuál?

Me pondré tiquismiquis. ¿En qué se han convertido los sacramentos sino en la antesala de la celebración a mesa puesta en restaurantes? ¿En qué se han convertido las hermandades de Semana Santa? ¿En qué se han convertido las procesiones, las velas, las peinetas y demás abalorios propios de los tiempos litúrgicos?

¿Porqué nadie se enfada por la perversión a la que se han llevado gestos de piedad que sólo eran la imagen de aquello que se vivía durante el año? ¿No será que se busca una buena guerra para justificar la ausente de nuestros planteamientos y así sentir que aún tenemos los ojos fijos en las manos de nuestro señor?

Queridos ofendiditos por la celebración pagana de Halloween. Comed caramelos: así podrán seguir viviendo los vendedores de chuches, los dentistas tras el descalabro y no os importe que no tenga contenido religioso. A eso, ya los hemos acostumbrado los pretendidos practicantes creyentes.