
Hoy me ha llegado un vídeo en el que se relata un milagro por el cual, un joven salió de la fosa oscura de la muerte; estaba condenado, desahuciado… Y el Señor, con su poder, lo rescató.
Y mira que me alegro por él. Cosas como esa pasan muy pocas veces. Ver el magnífico brazo del todopoderoso cerrando las puertas del Averno no es algo que muchos puedan contar.
Tengo un amigo cuyo hijo, hijo igual que el anteriormente citado, está esperando el final. Sus padres son tan creyentes como el anterior y rezan al creador con la misma fe que los bendecidos padres de aquel en el que se han obrado portentos.
¿Cuál de los dos Dioses son verdad? Rezan Rosarios y Padrenuestros hasta gastarlos… Y uno lo proclama a los cuatro vientos y otro está apagándose como una velita de lampadario.
No. No voy a decir que el que ha sido salvo se sienta culpable, un hecho ampliamente estudiado en el estrés postraumático de las guerras, donde caen compañeros y tú, vuelves sano y salvo. No.
Sólo voy a decir que no tengo ni idea de lo que es estar en la situación por la que cambiaría mi vida por la de mi hijo. Y, cuando intento hacer un esfuerzo, se congelan mis entrañas.
Dios está en toda circunstancia. Y estoy muy cansado de milagros de bulto. Doy gracias por la vida del primer chaval. Espero que sea tan feliz como yo lo quiero para mí. Y por la del niño que se está apagando lentamente.
Espero que la vida de todos los que creemos sea tan luminosa que el milagro lo seamos, uno a uno, todos nosotros. De ese modo, la resurrección de los muertos será cosa poca. Y la esperanza no será un extra. El llanto, algo que se fue…