
“Derecho real que grava bienes materiales sujetándolos a responder del cumplimiento de una obligación dineraria. Poner en peligro algo con alguna acción.”
Digan lo que digan, qué bonita es una hipoteca; con sus vencimientos y sus obligaciones, sus avales y deberes… ¡Ay! Yo quisiera que mi fe fuera tan fiel como la que tengo con el banco gracias a la hipoteca. Tanto que agradecer…
Como metáfora, no tiene precio; ya lo formula el acervo popular: “más une una hipoteca que el vínculo matrimonial.” O, lo que viene siendo un postulado de las leyes de Murphy, “lo que ha unido la hipoteca que no lo separe el hombre”.
Lo mejor sería hacer las cosas sin cargas hipotecarias, sin deudas pretéritas, ni obligaciones; pero, con el tiempo, me voy dando cuenta de que no hay nada que ya no haya visto el sol. Y eso es una buena noticia pues podemos aprender de los errores.
Y es un error heredar sistemas obsoletos, que son más una carga que un bien para quienes pretenden gestionar de una forma nueva, evangélica (manda cojones que el planteamiento evangélico sea novedoso 2021 años después). Sistemas que mantienen estructuras y personas que no sirven a su empeño y que viven a costa de aquellas.
Pero claro: no podemos hacer cambios muy grandes pues la respuesta interna, en primera instancia, y social, después, serían impopulares. Y, es entonces, cuando vuelve ese maravilloso concepto, la hipoteca, por la que nos anudamos al cuello una piedra de molino en nombre de lo nuevo.
No se puede ser tan radical.
Yo creo que SI hay que ser radical, ateniente a raíz, para que lo extraño sea la impureza y lo habitual sea la verdad, la honestidad, tanto personales como estructurales, para no olvidar que, si Dios construye la casa, los arquitectos no construyen en vano.