Estaba pensando en el epitafio que le pondría al año y resulta que se me ha complicado la cosa. De pronto, suddenly, me he dado cuenta de que hoy, al día de hoy, le queda ná de ná. Y no soy mucho de echar de menos pero, ¿cuál sería el del día de hoy?

Porque loas al último día del año, con sombría o esplendente tez, según el caso, son las previsibles.

Pero están los días de andar por casa, esos que sólo recuerdan quienes cumplen años en ese preciso hito del calendario: los que miran fotos de quienes fenecieron; Infames memoriales a las batallas que pusieron fin a los días de tantos inocentes; pútridos elegías de matanzas con nombre de día de mes de año de infame recuerdo labrado en columna dórica…

Todos esos días, enterrados en un cementerio de nombre previsible, año viejo, en el que reposan todos los que contaron las vueltas alrededor del sol.

Dos solsticios. Dos equinoccios.

La mayoría de los días solo serán recordados por las facturas enviadas por correo ordinario, o electrónico, hasta que no haga falta su asilo en carpetas.

Arriamos pues la bandera de 2021, covidiano como su predecesor; corrupto como tantos que le precedieron… con su piel tatuada de mentiras sobre las ayudas a los afectados por el volcán, de volar puentes para el entendimiento pues es más interesante mantenerse en el poder que gobernar…

Ojalá las revoluciones pendientes eclosionen para bien de los pueblos en tu hermano naciente. Que los no nacidos puedan venir al mundo sin mascarillas y que, aquello que soñamos como lo mejor, lo sea para quienes aún esperan la primera dosis de la vacuna. Que las mujeres dejen de ser objetivo prioritario para los maltratadores y ocupen su lugar en la historia sin miedo pues ya lo ocupan en sus casas, sus días…  

A los días caídos en combate. Que el tiempo os sea leve.