
El otro día me contaron que un señor fue al trabajo en el coche. Tras una jornada como cualquier otra, al volver a casa, tuvo un accidente.
(paro el relato en este punto para hacer una retrospectiva de lo que ocurrió durante la jornada laboral: estuvo pensando en que llevaba demasiado tiempo sin arreglar el trastero; que quería ir a pasear con su pareja y que había una película en el cine que su hijo quería ver. Creyó conveniente proponerle ir juntos, por las palomitas, el refresco y el ratito juntos…)
Nada. Absolutamente nada de lo que pensó tiene ya importancia. Ahora está en cuidados intensivos y no saben cómo saldrá, si sale;
Como ejemplo extremo, suelen ser eficaces, es interesante ver cómo la vida tiene sus propios caminos, divergentes veredas y dicta sus normas. Porque creemos que tenemos el control. Y es la ilusión del control la que nos hace creernos dueños de lo que nunca será nuestro.
Y todo esto al hilo, a la sombra, de aquellos que deciden si les apetece ponerse una vacuna de mierda que, probablemente, les salve de una muerte la mar de poco original; ahítos de derechos, los invocan para no ser inoculados de cordura y estadística: cargados de hartura e insensatez, pueden elegir. Y buscan sus propios mártires para dar validez a una vida que suponen, será mejor si no se envenenan con la vacuna.
Los muertos de hambre del sur, los que no tienen opción de decir si quieren o no vacunarse, morirán mientras las fechas de caducidad se acercan en los congeladores del primer mundo; es curioso como ellos tienen la certeza de que no recibirán nada como nosotros de volver del trabajo sanos y salvos todos los días.
En un instante, todo cambia: ¿vivirás como si tuvieras todo el tiempo del mundo o decidirás vivir tu día como si fuera el mejor de tu vida?