
El mal. ¡¡¡¡Ja, ja, ja!!!! Una carcajada estentórea, aterradora, inenarrable recorre el universo cuando comienza a tomar forma ese ser que encarna la maleza. La fealdad de su porte, el hedor de su aliento, los inyectados, sanguinolentos ojos cargados de una abyecta mirada; sus pútridos dientes hacen el coro a su bífida lengua…
El bien. Sencillo, sin aspavientos; con eburnea blancura, sus dientes comunican confianza, su aterciopelada voz aplaca los miedos; sus ojos serenos otean el horizonte con esperanza. Su tez, esfíngea, proporcionada, perfecta es el preludio de un cuerpo curtido por las batallas y el dolor: su perfecta musculatura, su paso firme, educado, casi danzarín… todo es belleza sin par.
En dos parrafillos de nada, hemos descrito lo que se suele mostrar en cualquier historia de buenos y malos. Los buenos son bellos, los malos, feos con avaricia. Parece como si ser guapo, garantizara la belleza interior que caracteriza a todo héroe. O la maldad despreciable y nauseabunda siempre se encarna en una fealdad sin parangón.
Mentira. Puedes ser el ser humano más bello del planeta y ser un perfecto gilipollas. Por alusiones, puedes ser más feo que pegarle a un padre y ser una bella persona.
Lo que pasa es que es mucho más fácil maquillar, disimular, esconder, mentir que ser exactamente lo que eres con independencia de lo que es correcto en la sociedad de consumo. Por eso no se favorece la belleza interior, porque su Making up es difícilmente vendible. Nadie recibe un tratamiento con ácido hialurónico para el carácter: no lo hay. Sólo una decisión media entre ser feo por dentro y por fuera, ser guapo por dentro y por fuera y todas las variables que se os ocurran.
Si todas los bellos de todos los géneros que salen en la publicidad fueran buenas personas, tendríamos un mundo mucho mejor. Si todos los feos fueran malas personas, ya nos habríamos devorado unos a otros pues la mayoría no encajamos en el canon dominante.
¿Quién querría ser feo? Nadie. Así que no cantemos eso de “que se mueran los feos” pues, de cierto, la mayoría de la bondad de la humanidad perecería.