Consciente de la probable impopularidad que pueda acarrearme esta opinión, defiendo que no hay tierras más sagradas. Me explico: no hay lugares donde la deidad o la virgen aborigen de la zona tengan preferencia para hacerse patentes, presentes o aparentes (por lo de las apariciones). Me da la sensación que los anteriormente citados tienen otros compromisos, otras obligaciones que hacen que no sean prioritarias esas actividades.

Formulado de esta manera pueda parecer ofensivo. Y debo decir que cada uno cree lo que quiere. Por eso, me resulta complejo todo ese mundillo; ¿Por qué no se aparece la virgen en Mongolia, o en el desierto del Serengueti? ¿No merecen aquellos hijos de Dios una palabra amable de su madre, una advertencia, una caricia?

Y todo esto lo digo por aquello de que Dios no está más allá del mar para decir que no lo encontramos; o en el cielo o el abismo. No. Dios está muy cerca, en tu corazón.

Por ello, y de la misma manera que en una película dramática las posibilidades de llorar son altísimas, en una película romántica tienes el corazón más esponjado a otras experiencias, creo que la sacralidad de la tierra está en la actitud. Si estoy dispuesto, puedo abrir la puerta para que Dios cene conmigo.

En fin. No hay árboles a los que se encarame la virgen para hablar con nadie. No hay cuchara, como decían en Matrix. Si te dispones, encuentras en un semáforo, en un contenedor de reciclaje de vidrio o en la catedral más cercana, al Dios de la vida: porque estás dispuesto a escuchar. Dios siempre está cerca para dejarse encontrar.