La pertenencia a un grupo es fundamental. Nos da cobijo, pues los colegas nos acompañan en actividades, viajes, experiencias: son el lugar común al que referirnos. Reconocibles y vinculantes. Equipos de futbol, de petanca o de lectura; venta en los hogares de productos de cocina o cosméticos y encuentros para jugar online a tropecientos gigas de velocidad, tasa de transferencia alucinante y pizza a cascoporro.

Y, cuando eres joven, pues hablas de los festivales de música. Sí. Esos que juntan a miles de consumidores bajo el sol, durante el día y bajo la luna y la música por la noche. En una cantera, en una playa, en medio del desierto de Badajoz o en la tundra de Teruel, da igual. Miles y miles congregados por el canto de la sirena de todos estos eventos. Luego, tienes el móvil para recordar lo que allí ocurrió: todas las experiencias que nos hermanan hasta la próxima vez…

Últimamente, me encuentro con situaciones similares en los ambientes de iglesia que voy conociendo. Escucho, en corrillos de creyentes, cómo ha sido la experiencia de ir a Garabandal, Medjugorje, Fátima, Lourdes, Guadalupe o la virgen del Rocío. Y la sensación que siempre me queda es que es como ir a los festivales de verano. Se comparten experiencias, se muestran las medallitas de recuerdo de la visita (o visitas), el fuego abrasador que se experimenta en tan santos lugares, las sudaderas, las indulgencias, los parabienes obtenidos por tan ungidas visitas.

Y yo creo, como ya he mencionado en alguna ocasión que, los que ganan, son los que venden el merchandaisin, fabricantes de rosarios y de figuras que refulgen en la oscuridad, y las agencias de viaje. Creo que la gente cree y necesita creer: Mucho. Y, que en el tiempo de hambre, hasta las peladuras de las patatas sirven para desayunar.

No pondré en duda lo que en aquellos lugares dicen que ocurre o ocurrió. Sólo creo que no me hace falta una aparición para que el que está a mi lado sea mi hermano. No necesito pisar tierra sagrada, pues toda la tierra la creó el que me dio la vida, el que hizo los océanos, el canto de los grillos.

Sustentar nuestra fe en hechos tan sensibles, a mi juicio, es cuestionable. Si tuviera que ser así, todos deberíamos ir a las peregrinaciones para encontrarnos con la verdad. Y, me parece a mí que eso es un poquito capcioso.

Festivales: ¡Qué lugares!