
Las guerras las ganan los que matan más. Y matan más sin importar cuántos murieron de su propio ejército. De todos es sabido que los líderes que inician la guerra no mueren en los campos de batalla: como los que luchan los partidos de fútbol en la barra de los bares a base de cervezas, ellos las luchan desde la cama de su palacio o desde el búnker.
Enardecer a las tropas mentando la gloriosa sangre que riega el hormigón en los sitios de las ciudades; sangre que inunda los cementerios y fosas comunes, donde el grito desgarrador de mudos fusilados ensordecen con su estruendo, fuegos fatuos incendiando bosques… las arengas ayudan a recoger las propias vísceras de quienes no saben por qué están matando a un hermano, un igual…
He recordado esa frase que decía “Os imagináis que hay una guerra y no vamos”. Si la gente se alista es porque, sí o sí, su vida cambiará. Si van, porque pueden dejar huérfanos. Si no van, porque serían fusilados o encarcelados. La perspectiva de una vida en la que tú, como individuo no importas, es aterradora.
Por eso la guerra no es natural. Lo lógico es vivir sin matar. Pero, por más que millones de muertos en guerras siguen poblando la tierra bajo nuestros pies, algunos todavía creen que deben ser lobos para el hombre que no quiere someterse a su locura, su insensatez.
No hay honor en la guerra. Quienes defienden tal supuesto, no hacen lo que dicen: no tienen miembros amputados: no soportan la pesadilla de cuerpos desmembrados en las calles, de cadáveres de niños con juguetes a su lado.
Y quienes tengan la osadía, por no decir otra cosa, de evocar el orgullo de la victoria sobre el enemigo, les invito a matar a sus hijos: de buen rollo. Créanme: el mismo dolor que sienta al ver sus cadáveres es el que sienten las madres de los enemigos.
No son tan diferentes. No hubo maldad que justificara muertes inocentes. Sólo es un buen negocio: el negocio de la guerra y del poder.
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