Con el debido respeto, escribo; y me pregunto si en algún momento mi vocación supuso un menoscabo de mi persona en su totalidad: si mis elecciones me hicieron más pleno, construyeron más sólidamente mis principios, ahondaron más profundamente mis raíces…

Y todo esto nació porque, el otro día, iba caminando por la calle y vi un sacerdote católico con sotana. La imagen es toda una declaración de intenciones. Y me arriesgo y, probablemente falle, pero creo que llevar sotana es decir alto y claro “Soy sacerdote”. El diccionario me dice que es una “persona dedicada y consagrada a hacer, celebrar y ofrecer sacrificios”. La verdad es que es una definición muy pobre. También dice que es un “ministro propio de una religión o de un culto”. Y retomo la idea del principio. ¿La vocación del sacerdote lo hizo más pleno o redujo su campo vital?

Quien dedica el 100% del tiempo a una sola cosa, dedica el 0% al resto. Y eso es aplicable a todos los seres del planeta Tierra. Quizá sea la necesidad de poner pie en pared, definir la realidad a través del hábito que habito… Quizá la duda que me ofrece la posibilidad de aferrarme a una estética para que defina mi yo, construya mi trascendencia, haga convincente mi vocación.

Y retomo una idea muy antigua: si nos juntaran a todos en un valle desnudos, cómo se nos notaría que somos quienes decimos ser, quienes realmente somos. No habría diferencias pues los disfraces que demuestran nuestra capacitación no estarían. Entonces, ¿qué, quiénes seríamos?

Así, me parece interesante proponer que haya seres humanos de incógnito, incluso sacerdotes: gente que sea capaz de celebrar de una manera comprensible para todos; y que su ministerio se ejerza en la religión propia: pero también en la cocina, con los albañiles y maestros de escuela. Que sean reconocidos por su vida llena de Dios y no por su atuendo.