
En esta cultura en la que se cuenta una historia y se ve que funciona, la tendencia es hacer una serie sobre los personajes, crear una génesis (precuela) y hacer tantas secuelas como sea posible hasta agotar el producto. Todo es historia y lo que cambia es cómo la cuentas.
La guerra es la historia más antigua. Si seguimos la secuencia anteriormente detallada, veremos que las precuelas son siempre las mismas: un iluminado líder que, por su astucia o su capacidad para infundir terror o ilusión, hace que todo un pueblo se alce en armas para conquistar. Ya sean tierras, ya influencia… La “cuela” es la de siempre: muertos, más muertos… de diferentes idiomas, religiones, ideologías.
Todos los muertos hablan el mismo idioma y no pueden quejarse de la falta de vida que padecen.
La secuela, es la de siempre; pobreza, hambruna, cuentas pendientes…
Y yo me pregunto: ¿Cuántas veces más vamos a practicar la guerra sabiendo que el resultado es siempre el mismo? ¿Hasta cuándo mantendremos esa fe estúpida en la que somos el pueblo elegido y que enterraremos a nuestros enemigos? ¿Enemigos de quién? ¿De los pueblos o de sus desmemoriados gobernantes?
Este es el mundo que padecemos, pues el planeta ya parece condenado. Quizá nos quede la oportunidad de entendernos sin destrozarnos; cuanto más lo digo más lo creo: no es fácil amar al prójimo. Pero es susceptible de ser modificado, de ser replanteada la situación pues, la opción de la muerte tiene pocos visos de arreglo.
Matar nunca fue refrendo de la verdad. Destruir, tampoco.