
Una mirada es una mirada. Solo es eso. Sin embargo, depende del contexto, puede ser lo que marque la diferencia. Si es la mirada de un anciano, parece comunicar experiencia, paz… o angustia, desesperación, incapacidad para asumir o comprender su realidad. No me pongo dramático, tranquil@. Tan claro lo tienen los publicistas que usan gatitos para comunicar un “ainsss” desde una cesta llena de ellos: tan monos, tan gatos digo… Si es una adolescente, nos comunica ilusión; aún hay inocencia remanente.
Y debo decir que uso mucho una frase del inclasificable Bosé, pero me parece una genialidad que nos pone en la picota a muchos. Y digo esto porque denuncia nuestra necesidad de evocar movimiento sin movernos del lugar que ocupamos. La frase es:
“Somos los mismos envueltos en novedad”.
Y es insoportablemente clara, por repetida, la jugada en la que se usa una cara nueva, un grupo nuevo, un nuevo movimiento para vender la misma caspa, la inmovilidad más absoluta pues sólo vende una imagen desconocida para decir que estoy haciendo algo nuevo: o viviendo, no sé.
Ahora, para ser algo nuevo, no hace falta que creas o que hagas propuestas tras una sesuda y profunda, orada, reflexión. No hace falta tener hambre y sed de justicia y todas esas cosas que mueven el corazón de la Humanidad: Sólo tienes que poner ojos de gato en una cara adolescente y una sonrisa cándida para decir que Jesús ha resucitado. No tienes que estar avalado por nada: de eso se encarga la publicidad.
Y vuelta la mula al trigo.