
En una reflexión anterior, daba vueltas al hecho de que la pastoral de eventos tiene puntos débiles. Y su mayor debilidad es la distancia entre los actos multitudinarios, plenos de festividad y jolgorio, y la soledad y silencio de las parroquias de cualquier barrio. ¿Dónde está el vínculo?
Comentando esta idea, un amigo me decía que estos momentos son para el encuentro de Dios con, quizá, aquel que sienta la llamada. Y debo ser tiquismiquis, pero me parece que es en la vida real, la de todos los días, en la que se produce el encuentro, el enamoramiento, el compromiso…
“Estos momentos son para el encuentro. Los resultados, se dan posteriormente en la vida real”. Ese fue el argumento completo.
Y yo me pregunto cuál será el resultado de la JMJ de Lisboa. Lo que puedo aseverar es que, tras celebrar treinta y una, los efectos siguen siendo los mismos. Como cuando el César volvía de la guerra victorioso, en olor de multitudes y grande parada militar, cada evento es más multitudinario y menos conectado con la realidad.
Si, verdaderamente, fuera un comienzo para una relación duradera con el Amor de Dios, cambiando mente y corazón, ya desde la primera, la primavera del Evangelio, se estaría atisbando… Pero ¡Oh sorpresa! No hay cuchara. No hay cambio. Porque los cambios se producen de otro modo: se accede al corazón de la Humanidad de un modo distinto.
Podría hablar del sembrador, que siembra; la semilla en la oscuridad sigue creciendo, cambiando, mutando. Podría hablar del fermento en la masa, que actúa sobre toda la harina…
Si la herramienta no es eficaz, debería ser cuestionada o modificada. Doctores tiene la iglesia para tamaños eventos. Confío en que pasemos de la masificación al fermento: del ruido del evento a la siembra silenciosa, aquella que, despierta al Dios que llevamos dentro.