Si hubiera palabras para describir un llanto incontenible, insoportable, indescriptible…

Si una imagen alegórica pudiera montar el rompecabezas de un desierto que antaño fue fértil llanura, vaguada llena de vida…

Si una canción supiera trazar la senda del encuentro cuando ya perdió su alma, escuchándose solamente el corazón, su ritmo, condenando su comprensión al baile acompasado, sin identidad: ruido infinito, sudoroso, vulgar, insolente…

Si alguien pudiera escribir un poema describiendo el dolor al reventarse los dientes, las muelas, por la tensión infinita, el bruxismo ordinario, la rabia de cada día…

Con el permiso que nos concedemos los feos, no hay poesía en la deformidad, en la grosera propuesta de la belleza que sólo ven las abuelas.

Pero sí la hay en la Humanidad. Esa cualidad que crea puentes con el teatro, los abrazos, los besos: los poemas que nacen cuando rompe aguas una mujer, elegía que ata al corazón el muerto que ya no siente la tierra sobre sí. La música saltando a la comba o cuando, con juegos de manos, se enfrentan las amigas en los parques.

Piel con piel. Sólo puedes hablar de ello cuando te has dejado las rodillas en el suelo.