
¿No os ha pasado alguna vez que miráis allí donde habéis mirado millones de veces y os dais cuenta de algo que siempre ha estado allí y nunca os habíais dado cuenta? Y te preguntas cómo es posible que haya pasado: delante de mis narices y no lo veía…
Pues es lo que me ha pasado hoy. He visto un par de vídeos de boxeo y me he dado cuenta del curro que se meten los púgiles en el cuerpo. La de horas que entrenan, sudan como burros blancos en la feria de abril de Sevilla, se someten a estrictas medidas nutricionales. Y me asombro y maravillo de la voluntad que ponen estos deportistas preparándose para levantarle las coronas de las muelas al contrincante, haciéndolo aspirante de conmoción cerebral y adelantando el posible proceso de demencia a muy tempranas edades.
¡Tanto trabajo para exaltar la violencia! Muchos me dirán que es un deporte. Pero no le acabo de ver los valores promovidos por el comité olímpico:
“Además de acercarnos a los beneficios de la actividad física para el organismo, los valores olímpicos nos enseñan, independientemente de nuestra edad, a ser mejores ciudadanos en mente y espíritu. Promueven la mejora de las relaciones entre comunidades y naciones y contribuyen a que todos, sin excepción alguna, aprendamos a vivir en armonía. Dentro de tal filosofía residen diversos planteamientos inmensamente provechosos para los niños, cuyo aprendizaje contribuye a que sean mejores personas en su vida adulta.”
Será que, como soy hipermétrope no veo bien lo que está cerca. Y por eso no veo los valores descritos en el boxeo.
Es por ello que propongo que en un ring, para aprovechar el hardware que ya hay montado, los púgiles se reten a estar “mazáos” como dicen los jóvenes: cuerpos de infarto con músculos que me desconozco, a modo de helénicos héroes. Y, la lucha, fuera quién es capaz de argumentar mejor para la resolución de problemas reales. (a modo de griegos filósofos). De ese modo, la contienda se solucionaría con la mejor propuesta y sería una salida posible, evaluable y sin daño cerebral. Ahí queda eso.