Que me quedé sin tomates y fui al supermercado. Al de siempre, porque me pilla cerca. Allí pastamos la fauna habitual: el vendedor de cupones de la puerta, la mendiga simpática que tiene a los perros cogidos de la correa mientras los dueños entran, todo por la voluntad; además pregunta por la familia y, como he dicho que es habitual de la puerta, conoce a quién preguntar…

Y luego están los trabajadores: dependiendo del turno que les toca, pues te encuentras a unos y a otros. El verano ha traído cambios de estilo: la morena que ahora es pelirroja, la que ha adelgazado, la que no, el que ha expandido los límites de su cuerpo… En fin. Los vas conociendo: los que te ignoran, los que te miran y te saludan.

Y es ahí donde quería llegar: no son tus amigos, pero te sonríen (o se sonríen al verte), te dan los buenos días. A veces, hacen chascarrillos en la cola para pagar. Son gente para las que no suponemos amenaza. Ni ellos para nosotros. Es agradable que te reconozcan como habitual y que parezca que se alegran de verte.

Y me parece una manera la mar de interesante de interactuar. ¿Te imaginas que se comportaran así rusos y ucranianos, judíos y palestinos? Unos y otros no se percibirían como amenazas. De hecho, no lo serían si fueran percibidos como vecinos: no son amigos, está claro: pero son inevitables coexistientes en un espacio y un tiempo en el que les toca convivir. Si sus relaciones fueran entre iguales y no como enemigos, la cosa cambiaría: los hijos de los rusos serían niños; como los ucranianos, que no son monstruos neonazis que desnazificar. Los palestinos no serían una horda a eliminar como se quita una mancha de aceite sino que serían aquellos que están padeciendo exactamente la misma presión que recibieron los judíos, pueblo de gran memoria para sus desgracias pero de una laxitud prodigiosa a la hora de recordar los agravios a sus vecinos.

Y me voy a ir del super. Pongo las manzanas, que tampoco tenía, los tomates y algo más. “Te la arrimo”, la tarjeta para pagar la cuenta. Sonrío y, a veces, me sonríe el sujeto cobrante. Da gusto irse a casa habiendo sonreído. Y habiendo devuelto la sonrisa: ancha y franca. Sin prejuicios.