
Cuando veo las noticias que hay sobre las hambrunas en Africa, los desplazados por las guerras, tan necesarias para que el tejido empresarial de la industria no se destruya gracias a la destrucción de terceros países, me da por pensar en las quejas que escucho: “Estás invadiendo mi espacio vital”.
Y es que, en un campo de refugiados, el espacio es justo lo que no tienes. Cox’s Bazar, en Bangladesh, alberga a 867.000 rohinyás, miembros de una minoría religiosa musulmana. Esta información, antigua por cierto, sólo me da una idea aproximada de lo que puede suponer estar con 866999 personas más en un espacio similar al de nuestras dos castillas, como pone la noticia a la que he accedido.
Ahora tocan las preguntas tontas: ¿Dónde hago mis necesidades? ¿Dónde juegan los niños? ¿Dónde hay agua potable? ¿Dónde tengo intimidad con mi familia, con mi pareja…? Y yo quejándome de que dormía con cuatro hermanos más en mi habitación. (que era la habitación de los niños)
¿Dónde reunirnos para conversar, para estar tranquilos sin que nos molesten, sin ruidos? ¿Dónde poder trabajar para mantener a mi familia?
Me da la impresión que el campo de refugiados es el punto y aparte tras haberte robado todas las posibilidades de vivir decentemente porque a un grupo de otra religión, de otra nacionalidad le ha dado por decir que somos menos humanos, menos dignos.
Obligado soy a mencionar cómo los judíos siguen bombardeando a los palestinos pues todos son terroristas. No me importa hacer tabla rasa pero, tras tantos años de represión, de ninguneo, me da en la nariz que lo que hacen los judíos es exactamente lo que hicieron con ellos, lo suyo más maquillado y mitologizado por el paso del tiempo y las películas pero igualmente brutal, y que, por la experiencia, lo están llevando a otro nivel…
Millón y medio de palestinos de un lado para otro… Como si eso fuera fácil. Como si no fuera la semilla de la violencia del que se cría en la tierra que no nació. Como si nacer niña, de otra religión fuera un delito.