
El pasaje al que hago mención es aquel en el que Abraham pide a Dios que haga justicia con Sodoma. Es un texto maravilloso en el que el pulso que se establece se traduce en equilibrio: Abraham va forzando la máquina, llevándola al límite, para encontrarse con la justicia de Dios.
Lo que más me llama la atención es cómo va reduciendo la cantidad de personas justas, argumentando astutamente, para conseguir su objetivo.
Con las últimas experiencias que voy teniendo, haré de Abraham y haré preguntas, como si no supiera de lo que estoy hablando.
Si quitáramos las tradiciones que nada tienen que ver con el mensaje de Jesús, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si despidiéramos a los sacerdotes que no son servidores de las comunidades, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si los laicos fueran responsables de las comunidades parroquiales y se repartieran los servicios en función de las capacidades, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si explicáramos claramente qué significa “Misericordia quiero y no sacrificios”, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si quitáramos las fórmulas en latín que recita el cura en las eucaristías, dichas para sí mismos e incomprensibles para quienes participamos de ellas, que más parecen sortilegios que necesarias jaculatorias, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si quitamos las equipaciones que establecen diferencias entre laicos y religiosos de toda índole, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si los servicios que prestan las parroquias fueran algo asequible al pueblo y se pudieran constituir como lugares de encuentro y vida, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si la posibilidad de que un hijo de vecino tenga ratitos de oración sin menoscabo de su tiempo para la familia, ¿El Evangelio seguiría siendo Buena Noticia?
Si la Buena Noticia es siempre Buena Noticia, ¿No tendría que serlo?
Si la Buena Noticia es siempre Buena Noticia, ¿De verdad necesitamos toda la tramoya que hay?
Atención espóiler: Sodoma desaparece churruscada.