
Llevo tiempo con una idea en la cabeza. Machacona, como decía mi madre, va y vuelve y no me deja tranquilo. Hago un pequeño prólogo.
El otro día estuve en un encuentro de religiosas que trabajan donde vivo. Hay muchas. Y, la mayoría, son mujeres entradas en años. Hago la mención de las mujeres porque, como constato allá donde voy, son ellas la sal de la tierra. Constaté la ilusión que tienen, a pesar de los achaques, en la convicción de haber construido la casa de su vida sobre la roca de Jesús de Nazaret. Tuve, de nuevo, la oportunidad de comprobar que las que tienen más vocaciones, no estuvieron… Estas nimiedades no van con ellas pues sus trabajos son mucho más importantes que gastar el tiempo en encuentros con órdenes en vías de extinción…
Es entonces cuando me doy cuenta de que, según y cómo, somos o no hermanos, nos alumbra el mismo sol. Y que las órdenes religiosas, Institutos religioso aprobado por el papa y cuyos individuos viven bajo las reglas establecidas por su fundador o por sus reformadores, y emiten votos solemnes, no buscan la comunicación de la Noticia feliz del Evangelio: utilizándolo como excusa, centran su búsqueda en permanecer y en el estricto seguimiento de la regla.
Sé que es duro decir esto. Pero advierto comportamientos, más que los que deberían ser, como el de una empresa: organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos.
Percibir a otras órdenes como prescindibles o amenazas para su cuota de mercado es una aberración.
Termino. Todo aquello que nace del encuentro con Dios, ha de buscar el bien de toda la humanidad. Si, como se advierte demasiadas veces últimamente, se constituyen como búnkeres ideológicos, sectas sociológicas o tribunales inmisericordes, poco tienen que ver con la pobreza del pesebre y de la cruz.