
Llevo algunos días que no me sé. Es una sensación muy reconocible porque me acompaña en multitud de jornadas. Pero esta vez tiene un matiz interesante: resulta que estoy dando respuestas poco comunes a preguntas que muchas veces he respondido con lo que se espera, el estándar que asocio a mi persona, a mi situación, edad, colesterol, triglicéridos y PSA. Cuando contesto conforme lo he hecho siempre, pues recibo las mismas respuestas, las de siempre. Pero es que, si doy otras, me siento raro. Pero, al nerviosismo inicial, sigue una sensación de que algo ha cambiado.
Y, de pronto, las cosas se ven desde otro punto de vista. Y la seguridad de lo conocido se cambia a hartazgo, un asquete que ya no quiero sentir. Y todo es porque puedo dar otro punto de vista a mis respuestas. Y con ello, cambia el paisaje: quizá se ve la misma mierda, pero la advierto como estiércol; el olor cambia poco, pero todo cambia, en positivo.
Y veo, por las mañanas, los programas donde aparecen personas de mi edad a las que nos venden aparatos que pedalean por mí para estar mucho mejor: son gangas maravillosas, de esas que se ponen detrás de las puertas al cuarto de hora; esas cremas que me quitan dolores articulares, adhesivos para las prótesis dentales que dejarían un elefante pegado al techo que te permiten morder el fémur de un mamut sin movimiento alguno. Y, las más repetidas, son las cremas que me quitan todas las arrugas y que hacen que parezca una bombilla tras la aplicación pues brillas mucho: Pero mucho, tú. Y lamento mucho que haya tanta gente que no vea estos programas, que nunca descubrirán tan portentosas creaciones. No sé: los tutsis, bosquimanos, uigures, esquimales…
Ninguno de los productos te hablan de que la alegría no aumenta con unos dientes blancos, ni con las milagrosas cremas que te permiten correr un Iron Man. Todo se arregla con magníficas ofertas a pagar en cómodos plazos.
Todo esto vuelve a mi consciente cuando me hablan de la creciente violencia en las aulas, la corrupción galopante, despiadada que se ríe de la ciudadanía mientras venden la sanidad al mejor postor: maleducados, indigentes emocionales dando lecciones de resiliencia hinchada de botox.
No puede haber felicidad para todos mientras dependa de los antidepresivos que ingiere una minoría. Y no hablo de medicamentos.
Ojalá la ilusión, estúpida, que siento y me hace sentir que no hay enemigos sino conversaciones pendientes, sea la que guíe mis pasos.