Mi trabajo de autónomo comenzó en abril de 2018. En todo este tiempo he hecho miles de kilómetros, he estado en cárceles, colegios, parroquias… He grabado cuatro discos temáticos, he dado muchísimos cursos a profesores, he escrito decenas de canciones: he creído que podía trabajar haciendo lo que me llena de alegría el corazón.

Sin embargo, lo que me va quedando clarito es que, quien no tiene padrino, no se bautiza. Mucha gente, tras ver mi trabajo, me dice lo bueno que es, la ilusión que comunica. Pero, como el chiste: deja tu curriculum que ya te llamaremos.

Y luego está lo de que te paguen. Como un meme que rueda por internet, los músicos y los autónomos tenemos un defecto: nos gusta que nos paguen por nuestro trabajo, porque es valioso. Y, muchas veces, me encuentro que, cuando me proponen algo ha de ser Bueno, Bonito y Barato: en B. Eso de pagar impuestos parece que no va conmigo. O sí, porque todos los meses, gane o pierda o no haga nada, tengo que pagar la cuota de autónomo y al gestor, que también cobra, y le gusta, por su trabajo.

La cuestión es que no quiero vivir en una mentira. Si tengo que buscarme la vida y aprovechar lo que me deje cualquier trabajo para cantar la alegría del Evangelio, lo haré. Pero, si mi trabajo tiene valor, porqué esta situación. Y, si no tiene valor, que alguien me saque de esta miseria porque, si soy una mentira, estoy muy engañado.