
Llevo mucho tiempo con ganas de escribir sobre esto. Y es difícil por las posibilidades de ser malinterpretado. Pero lo voy a intentar…
En la política de esta España mía, esta España nuestra, constatamos que no se trata de arreglar los problemas como la corrupción: de lo que se trata es de no reconocerla y decir “y tú más”, lo cual deja en muy mal lugar a aquellos que dicen buscar lo bueno para todos. Quienes habrían de ser cruz de guía, son simplemente lacayos del poder al servicio del mejor corruptor.
La división sigue siendo la máxima.
Hay una oración en la eucaristía que siempre me llama la atención: comienza pidiendo por el papa, por los obispos, por los presbíteros y diáconos…y, al final, pide por todo el pueblo de Dios. Siempre me he preguntado de donde nace esa división o si los primeros mencionados no son pueblo.
Y, siguiendo con lo que me preocupa, he encontrado una página de ornamentos litúrgicos y servicios a hermandades y demás organizaciones religiosas en las que se ofrecen desde equipaciones económicas hasta algunas obras de arte prodigiosas a unos precios astronómicos. Y me da por pensar en que ponemos el acento en la división, en la diferencia entre unas y otras organizaciones para olvidar lo que naturalmente nos une. Los mantos, los símbolos, las cruces y cristos, mi virgen y la tuya, no significan lo mismo.
Divide y vencerás. Julio César debe estar descojonándose de risa al ver la coyuntura actual.
En mi humilde opinión, estamos invirtiendo esfuerzos en lo que divide y no construye. Yo, en mi fuero interno, lucho y lucharé porque no me venza la inevitabilidad y mantener la llama del Evangelio, viva, en mi corazón.
(Ahora que el santo de moda es San Agustín, propongo hacer vida eso de “Ama y haz lo que quieras”.)