El mundo de las redes sociales no es nada complejo. Es un producto perfectamente desarrollado para implantar valores y comportamientos acordes a estos. Por eso los creadores de contenido, así les llaman, se dedican a parafrasear la vida, vaciando de significado aquellos comportamientos que antes eran valiosos. Se ponen por el contrario en valor, comportamientos que, rayana la estupidez, hacen gracia: y la hacen. Ver cómo la gente cae al suelo de diez mil maneras distintas, o cómo tiernos infantes meten la cabeza en la boca de un perro donde cabrían cuatro más (cabezas de infante) para algazara de los progenitores, descerebrados por demás y ansiosos de muchos likes.

Alabando sin dudar el esfuerzo de matar las neuronas para venderme que pintándome, tatuándome o desarrollando hasta lo imposible los músculos visibles… Sorprendido sin esfuerzo de la música que se escucha, toda igual (hablo de la comercial), debo apuntar un par de cosillas. Cuando escuchas la música clásica barroca, con permiso de todos los autores, suenan estructuras que son muy similares. Por lo tanto, doy un voto de confianza pues la repetición parece ser un patrón reconocible en cada tiempo, cada moda, cada generación.

Pero certifico un hecho interesante. Todos los antes descritos son coherentes con los contenidos que desarrollan. Los influénsers, a lo suyo… Pero veo tenistas que juegan al tenis, atletas que corren los 50, 100, 400 metros a una velocidad sorprendente. Porque su vida es correr. Y corren. Los nadadores, nadan; los paracaidistas, pues eso… Todos los ejemplos que se te ocurran, probablemente, sean coherentes entre el nombre y su actividad.

Y claro. Llegamos a los creyentes. Que son aquellos que creen. Y creen que el ejemplo a seguir es Jesús. Alguien que puso su vida en la frontera y que encontró con los que querían entrar, con los que estaban dentro, los que se querían ir, con los muertos… Y me pregunto: ¿Nosotros, los creyentes, somos coherentes con la práctica de lo que creemos?

Pero, si ceñimos nuestra vida al cumplimiento, a la religión personal, a los pasos de semana santa y los rosarios de la aurora asistimos, como no puede ser de otro modo, al crepúsculo, la falta de luz e ilusión que inunda el cielo prometido para ser, sólo, un valle de lágrimas a la dulce espera de la muerte que premie nuestro mediocre seguimiento.

Caminar los caminos que conocemos nos han traído a este hoy. ¿No será, digo yo, que hay que cambiar las reglas del juego?