El otro día me encontré un artículo del año pasado que comenzaba así: “De los creadores de la Equitación Vegana llega ahora el Discofoot: una práctica que combina fútbol y ballet.” El Discofoot es practicar fútbol a ritmo de la música. La cosa es que llamó mi atención pues era una propuesta distinta y original. No me pondré en plan Hater (jéiter) pero no es ni fútbol ni ballet ni todo lo contrario.

En una conversación, salió a colación la cantidad de gente que se apunta a cofradías, hermandades… Y que alguien en Instagram lo desligaba perfectamente del hecho religioso. Lo realmente importante era procesionar. Sociológicamente tiene mucho sentido la búsqueda de la identidad dentro de un grupo. O el encuentro de aquellos que quieren algo y lo identifican con una estructura previa. A todos los que encuentran satisfacción en tales hechos, felicidades.

Lo que me preocupa una mijilla es que, el origen de todo esto es la Buena Noticia de Jesús de Nazaret. Que la muerte y resurrección, que tantas y tan barrocas tallas nos ha legado a través de la historia, no es algo para sacar a pasear: era una invitación a la reflexión sobre la propia vida, un Live PowerPoint renacentista, una posibilidad de cambio articulada desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección.

No cuestiono quién se pone un capirote ni a quien camina descalzo en la estación de penitencia. Sólo me pregunto por qué una herramienta tan sensible se ha quedado en algo estético; y la Iglesia no reflexione el hecho de que la religiosidad se haya convertido en objeto de consumo para regocijo de imagineros, cererías y sastrería religiosa, con mantilla y peineta… Que estos días, las parroquias, se llenen de imágenes y cofrades y estén vacías el resto del año.

Como cuenta el relato de los dos lobos, vence aquel al que alimentes.