Ascender. Una palabra con muchas acepciones. En la mayoría de los casos, tiene que ver con una subida: a algún lugar, alguna situación por la que el ascensor, el individuo, no el aparato, el que sube, adquiere algo que lo diferencia del resto.

En el escalafón, del ejército; en la fama, el famoseo… Subir parece ser el objetivo. Una misma persona pasa de soldado raso a general: la misma persona. Pero no es el único. Hay más generales. Eso le quita un poco de épica al asunto, pero bueno. La típica leyenda del botones que se convirtió en presidente de algo, el deportista que gano tropecientos premios, muchas fotos… El cantante que parecía que era el definitivo, el hombre terminal; la mujer absolutamente fascinante, gloriosa… Es curioso: normalmente no se asocia la inteligencia a estas últimas. Serán prejuicios que tengo…

Pero estábamos hablando de ascender. Y todo lo que sube, tiene que bajar, por física; Los que culminan la cima, a no ser que haya ocurrido algo aparte de haber llegado, sólo les queda permanecer. Pero la permanencia no tiene como característica central, respetar a los que hay llegado. A esos, se les olvida, porque hay que crear nuevos candidatos al ascenso. No hay memoria, ni esquelas para las ruinas en las que devienen los que tocaron la cima. ¿podríais enumerar actores, políticos, deportistas, modelos de hace cinco, diez, quince años? La mayoría participan en programas coronados de caspa y mal gusto. (en el mejor de los casos). Quizá reaparezcan cuando publiquen sus memorias para que las compren quienes les recuerdan, recordándoles a ellos tiempos mejores (¿¿¿???), juventud…

Pero, si hay algo que puedo aprender de la historia, es que hay un personaje que ascendió a lo más bajo, permanece allí y su vigencia es plena. Jesús de Nazaret se hace niño, para servir a todos, para alimentar con pan y vino, su propio ser, el nuestro; nos recuerda que somos dignos por respirar, que no tenemos que vender nuestro alma para tener valor y que, el que está a tu lado, también.

It’s the climb down