
He sido espectador de una obra de teatro en la que no había nada improvisado. Me resultó algo chocante hasta que me di cuenta de que cada uno representaba su papel fuera o no de su agrado. Conversé con gente que no sabe lo que es el fin de mes porque eso no va con ellos. Vi señores guapos, con mujeres guapas que fumaban como si les fastidiara la vida mientras montaban en el coche eléctrico al abuelo, que soltaba sapos y culebras por la boca. Un niño manoseaba un móvil última generación mientras le gritaba a su madre no sé qué: había un ambiente de hartazgo que pocas veces he percibido.
Y siento que quienes tienen para vivir siete vidas y quienes no vivirán lo suficiente, tienen hambre. Sienten el mismo vacío, pero, cada uno en la liga que le corresponde; lo percibí en directo y, osado de mí, me atrevo a extrapolarlo a una época de la historia, la nuestra, que siente un vacío infinito que quiere saciar con las mismas recetas que condenan al hastío, al sinsentido…
¿Por qué no tomarnos una sopa de lágrimas de niño palestino? ¿No será que es necesario rellenar con prótesis los pechos que nunca amamantarán? ¿Nos dará acaso un algo que pueda compensarnos comer un solomillo de viuda iraní, unas manitas de niña siria, una pierna de soldado pakistaní? Quizá el sazonador sea el petróleo venezolano, la coca que consumen los norteamericanos, el fentanilo que tanto gusta por aquellos lares…
A lo mejor la solución llega inyectándome bótox en la cara para disimular mi asco, para parecerme mucho más a otros ahítos de todo, adscritos a los vomitorios de internet, al sexo en manada, a la inhibición, la irresponsabilidad: al enamoramiento de consumo, como la melatonina para poder dormir.
Es posible que todos vivamos la injusticia: pero en los términos que podemos entender, por supuesto. Quizá los valores que nos ponen en relación con todas las realidades de la Humanidad no sean los que más cotizan en el imaginario popular. Pero caminar los mismos caminos, lleva a los mismos lugares. Matar enemigos no nos devuelve a nuestros muertos. Y me pregunto si nuestros muertos eran necesarios, nos colmaron de orgullo patrio, nos calmaron el dolor por su pérdida, sirvió de algo.
Este modo de vida es tan frustrante como haberte hecho unos zapatos con el último cocodrilo albino de Siberia. No puedes decirlo, porque es políticamente incorrecto, te podría llevar a ser reprobado por quienes lo valorarían de algún modo: y porque la doble moral que mide estas situaciones te llevaría a una esquizofrenia digna de los mejores antidepresivos. Vuelta a empezar.