
Los espejos no mienten. El más famoso espejo de los cuentos infantiles era un superviviente y lo que quería era mantener su integridad estructural mintiendo a la malísima reina diciéndole que era la más bella. Pero, los espejos de a pie, de los de toda la vida, no saben mentir. Reflejan exactamente la imagen que reciben.
Hay espejos que deforman al emisor de la imagen. Diferentes los emisores, sufren las mismas deformaciones, causando la hilaridad y diciéndose a sí mismos que ellos no son así…
El espejo, como metáfora de la realidad, es brutal. Y, referido a la iglesia, hecha de seres humanos, lo es más aún. Siendo conscientes de la realidad que se vive, se buscan reflejos en la sociedad que no se proyectan; y eso es una forma de mentirse a sí misma. Como decía Garganta Profunda en el caso Watergate, sigue el rastro del dinero. En este caso, lo que hay que buscar es el rastro de los frutos. Y la realidad actual, y sus frutos, no son de Evangelio: no dignifican a todo el pueblo, no son buena noticia.
Por ello, y es por lo que comencé hablando de espejos, muchos optamos por los que deforman la imagen reflejada: para esbozar una sonrisa y decir que ese no soy yo. O decimos sufrir Catoptrofobia o pánico a los espejos. (que es es una fobia concreta que pertenece al grupo de los trastornos de ansiedad, pues su síntoma característico es el malestar y gran ansiedad)
Así no buscamos la verdad sino que la autoimagen es la que yo digo que proyecto. No hay refrendo real de mis actos, de mi vida…
Hablo todo esto porque, para mí, es importante que la vida refleje los valores que rigen nuestra existencia. Sin mentiras. Con misericordia. Pero siendo honestos, cuestionando nuestras pobrezas, confiando…
El reflejo real, el que verdaderamente se necesita, es el de los frutos del Espíritu. Si no los hay, ese es el reflejo de mi yo, de mi vida.