Comienza una melodía. Aparece una figura que comienza a cantar. Actúa e interpreta con una unción que es acompañada por el ambiente creado por los músicos, el coro… La estética, en perfecta comunión, modula el conjunto, haciéndolo creíble, coherente…

Hay muchos intérpretes de canciones. Están los que versionan, mejorando o empeorándolos según el caso… Luego están los que tienen letras maravillosas, a las que hacen covers, pero que no fueron dotados por la genética y, por último, están los que no saben coger un lápiz, pero tienen una voz de oro. Estos últimos contenedores bellos, son los más comunes.

Hago esta descripción del paisaje para reflexionar sobre qué es lo que hace que un contenido sea verdaderamente seductor. ¿Es acaso la voz? Sobre esto, la Odisea ya pensó y vio el poder del color de la voz de las sirenas para embelesar, enredar a los oyentes, contándoles y cantándoles sus deseos más profundos. ¿Acaso la melodía? Por supuesto. Podemos constatar el embrujo al que nos someten ciertas canciones sin letras que emocionan el alma, retratan estados de ánimo… Cuando una voz seductora se funde en una melodía embriagadora, ¿cuál será el hecho diferencial? ¿Qué hará de ella un himno o un consumible reciclado?

Yo creo que lo que verdaderamente da valor a una canción bella en todos sus aspectos es la verdad de quien la canta: si lo que canta es de oídas o es sonido de sus carnes, sangre de sus notas. Si el escribano es un letrista o es el escultor, a base de experiencias, de un escenario donde la vida se destila a través de la voz, de los instrumentos, de las manos…